Salve, Reina de los Cielos,
amparo del afligido.
Dadme luz para explicar
el nuevo caso ocurrido,
en este presente año,
con diez facciosos bandidos.
 
En el pueblo de Beratón
situado al pie del Moncayo
en territorio muy frío,
pero que habitan en él
algunos ricachoncillos,
cuyos bienes codiciaron
los desalmados bandidos.
 
El día ocho de febrero
domingo, fiesta y festivo,
se plañeron las campanas
llamando a aquellos vecinos
al Santo Templo de Dios
a oír el divino oficio.
 
Y cuando todos estaban
en el templo reunidos,
el párroco dio comienzo
al divino sacrificio.
Se encajaron en la iglesia
varios de los forajidos,
quedando los otros fuera
como tenían previsto.
 
A las mujeres asustan,
amedrentan a los niños,
a los hombres boca abajo
mandan ponerse allí mismo.
Requiriendo los trabucos,
empuñando los cuchillos,
"Nadie se mueva” -gritaban
teniendo puñal en mano-
si no quieren obedecer
pronto irá un arcabuzazo.
Hubo uno que se hizo fuerte
y no se echó boca abajo,
le dieron con un cuchillo
y le rompieron un labio.
 
Se aproximan al altar
donde estaba celebrando
el cura de la parroquia
y el sacristán ayudando.
"Prosiga usted con su misa
que todos somos cristianos".
"¿Cómo yo he de proseguir si,
como estáis observando,
los dos niños que ayudaban
se fueron amedrentados,
y hasta a mí el sagrado lienzo
se me cayó de las manos?".
 
Sin ningún temor de Dios
se pasean por el templo,
haciendo mofa y escarnio
del divino sacramento.
Para aquellos bandoleros
aquél Dios de las alturas
sólo está en el firmamento
y olvidan los anatemas
al menos, por el momento.
 
Ya se concluye la Misa,
y comienza el saqueo,
ya se cuadra el capitán,
muy valiente y muy severo:
"Salgan de aquí esos pudientes,
el Ángel, el Molinero,
los del barrio de la Plaza
que tienen mucho dinero,
y si pronto no lo entregan
van a pagar con el cuello".
 
Tres fueron los que se echaron
desde el campanario abajo
con peligro de sus vidas
y al cementerio cayeron.
¡Oh qué acción tan prodigiosa
esos valientes hicieron,
al dar aviso a otros pueblos
como lo verá el lector
si procura estar atento!
 
Uno se marchó a La Cueva
otro fuese a Purujosa
y un hijo del Molinero
a la villa de Borobia.
Los tres se fueron corriendo
como el caso requería
a buscar un buen auxilio
en los pueblos convencinos,
mientras que los sitiadores
registraban los bolsillos.
 
A cuántos de Beratón
les quitaron sus ahorrillos.
Sacaron la Marinola
la mujer del Marianillo,
la mayor contribuyente
de todo este pueblecillo.
Entonces el capitán
o jefe de los malvados,
se retiró del altar,
coge a dos hombres del brazo
y los lleva hasta el altar
para que ayuden al párroco.
 
¿Qué sabían de ayudar
aquellos pobres ancianos,
que habían estado siempre
con ganado en el Moncayo?
Pero a esto los bandidos
los tenía sin cuidado.
La llevaron a su casa
y mandaron degollarla
como se hace a un cabrito,
hasta arrancarle el postrero
cuarto, de los escondidos.
 
Y así sucesivamente
hicieron a otros vecinos,
después de desvalijados
los llevaron a la iglesia
y los dejaron atados
pa sumarlos al martirio.
Terminada la tarea
los ladrones reunidos
llenos de satisfacción
y con regocijo henchido
metiéronse en una casa
a atracarse de chorizo.
 
Muy pronto los de la iglesia
salieron pegando gritos.
Se querían escapar
pero no les fue preciso,
sufrir o morir han dicho.
Tal fue un Lucio, que armado,
los vio por una calleja
y tuvo tal advertencia
de bajarse y esconderse
tras la pared de una era.
 
Los ladrones allí estaban
haciendo muy buenas cuentas
sobre la repartición
de unas robadas monedas.
Igual Lucio las arregla.
Yo puedo matar a uno
se dice, con honda pena,
pero, yo muero también,
que venga lo que Dios quiera.
Se santigua y dispara,
y fue su suerte tan buena
que atravesó al capitán
de lado a lado una pierna.
 
Con otros diez trabucazos
los bandidos le contestan
y a la Virgen de los Santos,
cuyo escapulario lleva,
les saca y les da a correr
hacia el Valle como ciervas,
y pronto los purujusanos
asómanse a la cuesta,
cargados de hoces y aplos
y otras ofensivas armas
que junto con los del pueblo
y otros que de lejos llegan
dan alcance a los bandidos
en las cercanas laderas,
y obligánles a rendirse
después de brutal pelea
dando por resultado
de estos tristes episodios
tres muertos tendidos quedan,
dos heridos, cinco presos,
los conducen al poblado
cruzados en cinco bestias
y pueblo y autoridades
piden a los cinco vivos
que se hagan los responsables.
 
Versos populares aportados por la señora Dorotea Serrano de Beratón, sobre el saqueo sufrido en el pueblo el domingo 8 de febrero de 1872. Publicados en la web ‘Soria pueblo a pueblo’ de Goig Soler

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